Hay que despertarse temprano y tomar el barco hasta Panajachel, el pueblo más importante del lago. Esperemos que esta vez los cajeros automáticos suelten dinero, si no, no sé cómo vamos a salir de aquí... Con el Puma hemos decidido modificar nuestro itinerario para poder permanecer unos días más en este lugar mágico, lleno de energía y de inagotable belleza...
El barco surca los plácidos respiros del lago. Los rugidos contínuos del motor me inducen en un suave sopor contemplativo. En este mundo único, el cielo se arrodilla ante la belleza del agua y humildemente le rinde homenaje reflejando su azul intenso, al contrario que todos los demás cielos. El lago, agradecido por el trato especial, le devuelve el detalle izando sobre las nubes una familia de pacíficos volcanes, y acomodando un lecho sobre el que se un día se estiró a descansar un indio despistado. Instantáneamente, el indio se enamoró del cielo y nunca volvió a levantar. Desde entonces permanece ahí, nariz erguida, regando su garganta con agua celeste y alimentado de estrellas fugaces...
El cajero automático sigue sin funcionar. Y nuestros fondos se han acabado! Menos mal que he encontrado en un bolsillo de mi mochila una reserva de pesos mejicanos que logramos canjear por quetzales. Con eso nos da para pagar el hostal, pero comer es otra historia.
Durante un día entero engañamos el hambre con hierba mate, pero la noche reclama digerir. Afortunadamente, un desconocido nos ofrece una patata, que cortamos en rodajas y cocinamos en una sarten. La masticamos con la piel incluida, sabe deliciosa.... y nos hace olvidar el vacío, gracias a ello podremos dormir....
Durante los minutos de sobremesa, divagamos de nuevo sobre la patata. ¡Qué rica estaba! Una simple patata....sin ketchup ni nada. Podría considerarse una simple patata, de estar en la cocina de nuestras casas europeas, en las que presumiblemente no falta de nada. Pero en aquellas circunstancias era mucho más que eso, era una PATATA. Un alimento de la tierra, un regalo que nos había devuelto la energía, borrando el hambre de nuestros rostros, restituyéndoles su sonrisa. La patata adquirió entonces su verdadero valor. Ya no se trataba de euros o quetzales, sino de su valor real, un valor incalculable, infinito...
Con el tiempo comprendimos que aquel muchacho nos había regalado mucho más que una patata. Nos enseñó una nueva forma de mirar hacia las cosas y hacia la vida una mirada que permitía devolverles todo su valor. Del mismo modo que el lago agradeció al cielo con una familia y un admirador, nosotros agradecemos la patata a aquel desconocido con estas líneas y con las entradas que puedan seguir...
Cuba, enero 2007
ResponderEliminar¡Buenos días!
Despertar en Cuba no estuvo nada mal, las vecinas empezaron a parlotear animadas por los pájaros y su cantar. En las calles la gente bullía con energía la faena de cada día, mientras, la música del Vedado corría y se escondía por los rincones y la umbría. Desayuno en un portón, pollo con arroz, uhhhh!!, que rico copón!!! Y para completar al corazón un Guarapo de Peso, bien dulzón. Ahora si que se puede decir:¡Buenos días!...