jueves, 24 de febrero de 2011

La página en blanco

Hay quien dice que los estereotipos no son inciertos sino incompletos, quizá sea bueno recordarlo. De China por ejemplo, se suele decir que la gente come carne de perro, que explotan a los niños, que no se sabe donde entierran a sus muertos, que escupen sin parar, que pronto van a conquistar el mundo, etcétera...

Escuchando la experiencia de un extranjero residente en china, descubrimos que no es difícil acabar pensando que los chinos son competitivos y ambiciosos, que les obsesiona el dinero, que nunca dicen lo que piensan, que no saben beber, que han perdido la conexión con su rica Historia, y muchas cosas más. Como puntos positivos, se podría decir que en general son bastante simpáticos, más bien respetuosos y trabajadores, poco agresivos.... Sin embargo, tras pasar por una serie de experiencias más y menos agradables, es posible que los aspectos negativos tomen la delantera sobre los positivos y que uno acabe por cansarse, deseando vivir en otro país, lo más lejos posible.

Llegados a ese punto, podría ser provechoso practicar siguiente ejercicio, conocido como la página en blanco. Es lo más parecido al formateo de un ordenador, borrando así toda la información previamente almacenada. La diferencia radica en que el se aplica a uno mismo y no una máquina.

Una vez realizado el formateo, el indivíduo se reencuentra con la sociedad de la que se había cansado desde una perspectiva nueva y diferente. Habiendo olvidado todo lo previamente aprendido, el sujeto debería experimentar un aumento de su curiosidad y una disminución de su frustración y de su intransigencia . La ventaja es que ya que conoce el camino, así que puede evitar los baches en los que antes tropezó. La dificultad del ejercicio consiste en que el sujeto ha de aprender a modificar su mirada hacia la sociedad que lo alberga, encontrando un punto equilibrado entre lo general y lo particular, entre su imperial visión occidental y la visión local.

Existen ya un par de voluntarios dispuestos a participar en dicho experimento, aunque aún no se dispone de resultados concluyentes. Los expertos en el tema calculan una tasa de riesgo mínima y prevén índices muy bajos de fracaso. Los más escépticos se preguntan sobre la sostenibilidad de la práctica: "Los ordenadores resisten una cantidad finita de formateos hasta que se convierten en máquinas obsoletas así como las páginas de las libretas terminan por agotarse. Siguiendo esa tendencia, ¿cuántos formateos culturales soportaría el ser humano?"

lunes, 7 de febrero de 2011

de algunas aerolíneas sospechosas y de cómo la union hace la fuerza

Aeropuerto de Valencia, un lunes cualquiera.

Me presentaba esta misma tarde en los mostradores de facturación de tal compañía aérea -cuyo nombre decido no mencionar, pero que será fácilmente deducible-, con la sensación de tener los deberes hechos; una pequeña maleta de peso probablemente inferior a 10kg y la facturación por internet, con el billete en pdf en mi portátil.

Al llegar a dicho mostrador y apuntar que mi facturación está hecha, una señorita de bella sonrisa me indica que sólo falta pasar por la oficina de la compañía para recoger la tarjeta de embarque, pero pagando la irrisoria cantidad de...43 euros! Hacía tiempo que no volaba con esta aerolínea por lo que no estaba actualizado en cuanto a sus nuevas formas de cortesía. A partir de ahí, sólo tenía dos opciones; o bien pasar por un pringao y pagar ese dinero por el estúpido papelito, o bien volver a cruzar el aeropuerto hasta el puesto de comerciales de un tal banco (cuyo nombre no pienso publicitar), que disponían, por lo que había observado, de un ordenador con impresora. Era necesario conectar con su parte más humana, algo a priori complicado tratándose de agentes comerciales. Ello que exigiría como mínimo algo de ingenio y mi mejor sonrisa. He de reconocer que las señoritas fueron extraordinariamente amables y comprensivas y terminaron por imprimirme la dichosa tarjeta de embarque. Les agradecí vehementemente su ayuda y me marché hacia el control de seguridad, con mi tarjeta imprimida en color.

Hasta que llego a la puerta de embarque, donde la aerolínea había instalado cuidadosamente su siguiente criba, el sofisticado y temible medidor-pesador de equipajes. Una obra de ingeniería puntera, precisa, despiadada e infallible. En el primer intento, mi minúscula maleta no encontró espacio para acomodarse y demostrar así su valía... En el segundo intento, habiendo ya vacíado parte de su contenido, el bagaje consiguío entrar. Sin embargo, los azafatos profesionales le diagnosticaron sobrepeso. Era por tanto necesario pagar su dieta, algo no más caro de.....40 euros. Y en ese momento, y sin solicitar la ayuda de nadie, dos personas se ofrecieron para descomponer mi equipaje en partes y transportarlo colectivamente. Acepté sin pensarlo..
Finalmente, la solidaridad de unos desconocidos permitió que la maleta franqueara la barrera en el tercer intento, hasta llegar sana y salva a su compartimento correspondiente en el avión.

A efectos prácticos, la solidaridad de varios desconocidos me ha ahorrado dos disgustos y casi ochenta euros (lo primero más desagradable creo yo). Es más, gracias a ellos, estoy de muy buen rollo por haber burlado las retorcidas trampas de una sanguijuela económica. A efectos teorícos, la anecdota demuestra, a menor o mayor escala, que la unión hace la fuerza. Son precisamente los valores parecidos a la solidaridad o la humanidad los que pueden lograr que esa clase de sanguijuelas se convierta algún día en una especie en vías de extincción. No esta claro que lo vayamos a vivir, pero una cosa es segura, ese es el camino a seguir. Me quedo con el ejemplo....

domingo, 6 de febrero de 2011

el salar de Uyuni

Uyuni

Pulpa fresca de naranja
cae gota a gota,
gajo a gajo
entre tu hombro más seco
y mi labio más amargo.

Lluvia de besos ácidos
y dulces mordiscos
sobre un desierto de sal
y una duna de pena.

Llora la naranja, llora
mientras tu pecho se deshace,
la tristeza se evapora
y otro desierto renace.



sábado, 5 de febrero de 2011

La filosofía Patata

Guatemala, lago Atitlán, enero 2006.

Hay que despertarse temprano y tomar el barco hasta Panajachel, el pueblo más importante del lago. Esperemos que esta vez los cajeros automáticos suelten dinero, si no, no sé cómo vamos a salir de aquí... Con el Puma hemos decidido modificar nuestro itinerario para poder permanecer unos días más en este lugar mágico, lleno de energía y de inagotable belleza...

El barco surca los plácidos respiros del lago. Los rugidos contínuos del motor me inducen en un suave sopor contemplativo. En este mundo único, el cielo se arrodilla ante la belleza del agua y humildemente le rinde homenaje reflejando su azul intenso, al contrario que todos los demás cielos. El lago, agradecido por el trato especial, le devuelve el detalle izando sobre las nubes una familia de pacíficos volcanes, y acomodando un lecho sobre el que se un día se estiró a descansar un indio despistado. Instantáneamente, el indio se enamoró del cielo y nunca volvió a levantar. Desde entonces permanece ahí, nariz erguida, regando su garganta con agua celeste y alimentado de estrellas fugaces...

El cajero automático sigue sin funcionar. Y nuestros fondos se han acabado! Menos mal que he encontrado en un bolsillo de mi mochila una reserva de pesos mejicanos que logramos canjear por quetzales. Con eso nos da para pagar el hostal, pero comer es otra historia.

Durante un día entero engañamos el hambre con hierba mate, pero la noche reclama digerir. Afortunadamente, un desconocido nos ofrece una patata, que cortamos en rodajas y cocinamos en una sarten. La masticamos con la piel incluida, sabe deliciosa.... y nos hace olvidar el vacío, gracias a ello podremos dormir....

Durante los minutos de sobremesa, divagamos de nuevo sobre la patata. ¡Qué rica estaba! Una simple patata....sin ketchup ni nada. Podría considerarse una simple patata, de estar en la cocina de nuestras casas europeas, en las que presumiblemente no falta de nada. Pero en aquellas circunstancias era mucho más que eso, era una PATATA. Un alimento de la tierra, un regalo que nos había devuelto la energía, borrando el hambre de nuestros rostros, restituyéndoles su sonrisa. La patata adquirió entonces su verdadero valor. Ya no se trataba de euros o quetzales, sino de su valor real, un valor incalculable, infinito...

Con el tiempo comprendimos que aquel muchacho nos había regalado mucho más que una patata. Nos enseñó una nueva forma de mirar hacia las cosas y hacia la vida una mirada que permitía devolverles todo su valor. Del mismo modo que el lago agradeció al cielo con una familia y un admirador, nosotros agradecemos la patata a aquel desconocido con estas líneas y con las entradas que puedan seguir...